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El vino, saber y disfrutar

El vino, saber y disfrutar

He escuchado en muchas ocasiones una famosa anécdota relacionada con la erudición en materia de vinos. Una anécdota que figura en La cata, de Roald Dahl. Es un librito espléndido, con unos dibujos extraordinariamente interesantes.
La anécdota demuestra que presumir de conocimientos a la hora de adivinar un vino en lo que se refiere a su origen, marca o añada no siempre se corresponde con la realidad.
Me ha venido a la memoria porque, últimamente, intentan que adivine a ciegas datos relacionados con un vino, algo que solo está al alcance de los expertos y de las personas que se dedican precisamente a eso, a saber de vinos. Yo, prefiero disfrutar.
En el libro de Roald Dahl, un nuevo rico francés que quiere epatar a los demás con sus conocimientos de temas culturales, pero especialmente, con su afición a la gastronomía, tiene una inmensa admiración por un experto en vinos, gastrónomo y gourmet, al que todo el mundo reconoce y alaba en París.
Para conseguir que vaya a su casa, suelen apostarse adivinar el vino que saca de su bodega, muy bien surtida. Habitualmente, el experto descubre el origen, la denominación, la marca y el año. Pero esa noche, el anfitrión tiene la absoluta seguridad de que será incapaz de adivinarlo.
El experto ha quedado rendidamente enamorado de la hija del anfitrión y dice que en lugar de apostar dinero quiere casarse con ella. Madre e hija se niegan a semejante trato pero el padre, convencido de que es imposible que gane, las convence y se formaliza la apuesta. El elegido es un Burdeos. El experto va adivinando poco a poco el origen, la marca y la añada. Pero, al final, resulta que había bajado a escondidas a la bodega, visto la botella y tomado notas de la etiqueta.
Una de las curiosidades que destaca el autor es cómo el experto relaciona los vinos con seres vivos. Es “prudente, algo tímido y evasivo” o “alegre, benévolo y jovial. Con un punto obsceno, quizás”. Recuerdo una profesional española, una de las mejores si no la mejor, que un día dijo que el aroma del vino le recordaba a “delantal de doncella violada en una noche de lluvia en pajar asturiano”. Esas descripciones me parecen interesantes.
Para disfrutar del vino no hay que adivinar todos los detalles.
Existen cuatro preguntas fundamentales. ¿Te gusta?; ¿La temperatura es buena?; ¿Es la copa adecuada?; y por último y quizás más fundamental ¿va bien o mal con la comida? La armonía entre sólido y líquido es fundamental. Hasta el punto de que, en ocasiones, un determinado plato no requiere un vino excepcional. Como ocurre con los quesos.
No sometamos a examen a nuestros invitados. Digámosle desde el principio el vino que van a beber y, luego, hagámosle esas cuatro preguntas
Si las contestaciones son positivas, quiere decir que nuestro invitado, sepa o no muchos de vinos, va a disfrutar al beber. Y eso, es lo importante.

Artículo publicado en La Vanguardia el 14 de enero de 2015

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